Por Issis Juárez.
En
meses recientes, Enrique Peña Nieto ha criticado constantemente al populismo
debido al peligro que representa para las democracias modernas, según el
presidente, el populismo representa una amenaza dados los casos
latinoamericanos que tardaron años para lograr una democracia y hoy parecieran
ser menos que oligarquía.
Cuando
se comenzaron los discursos de prevención del populismo, claramente ubicábamos
a 3 actores: MORENA, AMLO y los candidatos independientes. ¿Por qué? El
populismo, para el sociólogo Edward Shils, “es una ideología de resentimiento contra un orden social impuesto por alguna
clase dirigente de antigua data, de la que supone que posee el monopolio del
poder, la propiedad, el abolengo o la cultura” (Adamovsky, 2015). Básicamente
usar como bandera los principales intereses del pueblo, del populacho, y buscar
colocarlos en agenda pública para mover a las sociedades en contra de quienes
sustentan el monopolio del poder. Cualquier parecido con el discurso
andresmanuelista…es mera ficción.
Sin
embargo, pareciera que el discurso antipopulista del PRI, de vez en cuando se
le olvida a nuestra clase política, sobre todo cuando se trata de momentos
pre-elecciones. Y es el caso de las recientes propuestas en la reforma política
electoral de los 3 partidos más importantes de nuestra nación, PRI, PAN Y PRD.
Empecemos
con la propuesta priista.
Desde
antes del inicio de las campañas de 2015, el Partido de la Revolución
Institucional había propuesto la reducción de los diputados plurinominales,
bajo el lema “Más por Menos Pluris”. De acuerdo con los resultados de la ENCUP
2014, los diputados son de los personajes políticos peor calificados por los
ciudadanos, y en los que menos confían, por lo que una propuesta que los
elimine, castigue o les quite prestaciones y salarios, por supuesto que
incentiva a que la sociedad apoye y apruebe ese tipo de iniciativas; y
evidentemente, es un tipo de propuesta que, como mencionamos anteriormente, usa
los interés del pueblo como bandera, ¿o acaso hay algún mexicano que se oponga
a no tener 100 diputados que ganan 105 mil pesos mensuales, y 32 senadores qué
ganan 236mil 67 pesos mensuales, cuando el salario mínimo es de 70.10 pesos
diarios?
Pareciera
que al presidente y a su partido se les olvida de vez en cuando que fue
precisamente el antecedente del PRI (Partido Nacional Revolucionario y el
Partido de la Revolución mexicana), quien inicio una serie de estrategias
populistas que canalizaban los sentires ciudadanos después de la Revolución
Mexicana. ¿O acaso hemos olvidado el populismo implementado por Luis Echeverría
Álvarez en su presidencia, y defendido por un sinnúmero de intelectuales
mexicanos, entre ellos Carlos Fuentes? Lo grave de dicha propuesta, no sólo es
el tinte populista que se implementa en ella, sino la nula visión de la grave
falta de representatividad que se llevará a cabo con tal modificación, ya que antes
de votar algo similar se debe analizar y reestructurar a los distritos
electorales, dado que la existencia de los 500 diputados tienen una razón de
representatividad ciudadana…aunque ya mucho podemos cuestionar sobre dicha
“representatividad”, por que el ciudadano no ve al diputado como una
representatividad numérica, lo ve como una representatividad de intereses, cosa
que nos lleva nuevamente a pensar en el populismo.
En
el caso de Acción Nacional, la justicia social busca hacerse presente mediante
una reforma que permita la segunda vuelta electoral en el caso de la elección
de Presidente de la República, y este no es un tema nuevo en nuestro país. A
partir de la cardiaca elección presidencial de 2006 y los resultados de
inconformidad ante ellos, el cuestionamiento sobre una segunda vuelta electoral
similar a algunos países latinoamericanos como Colombia, Chile, Argentina,
Costa Rica, entre otros, ha sido una constante entre los legisladores.
El
argumento máximo para dicha propuesta es el de la legitimidad, es decir, si no
hay más de 50% de votos por un candidato entonces no es legítimo. Sin embargo, tal
argumento radica en el número de votos, por lo que aún con la existencia de una
segunda vuelta y con un nivel de participación por debajo o similar al que
presentó la primera ronda queda en el
aire el argumento numérico. El problema de la legitimidad del triunfo es
nuevamente un asunto institucional más que ciudadano, y si a una baja
legitimidad de inicio se le suma una carente legitimidad de ejercicio el problema se convierte en una bola de
nieve, tal fue el caso del expresidente Felipe Calderón, que curiosamente es
uno de los panistas inclinados a la segunda vuelta electoral, que de acuerdo
con algunos analistas, si en su elección se hubiera implementado la segunda
vuelta muy seguramente la historia electoral de aquel 2006 hubiera sido otra.
La
cuestión económica debe ser fuertemente analizada, ya que realizar comicios
requiere de al menos 50,000 mdp, y llevar a cabo una segunda vuelta no será
posible ni fiado ni gratis, y en estos tiempos de austeridad, para el ciudadano
no para el político, es casi irresponsable. El populismo que radica en esta
propuesta, en primer lugar lo vemos reflejado en la necesidad ciudadana de
mecanismos mucho más confiables para obtener resultados más legítimos…pero
sobre todo en las propuestas que deberá hacer los candidatos presidenciales,
porque un porcentaje de más de 50% de la votación para legitimar numéricamente
a un presidente no se ha visto desde la creación del Instituto Federal
Electoral, el más alto fue Ernesto Zedillo con 48.69%, y aún con las propuestas
demagógicas y neopopulistas de AMLO el porcentaje de votos para este político
no le alcanzó, en ninguna ocasión, para cambiar la historia de nuestro país. Lo
que seguramente resultaría interesante estudiar para una segunda vuelta es cómo
actuarán los votantes, porque sin duda aquel que llegue a ganar en la segunda
vuelta será el o la que pueda atraer al voto switcher y voto blando de cada
partido, en especial el del opositor.
Finalmente
la propuesta de Agustín Basave, hoy dirigente nacional del PRD, sobre legislar
el voto nulo, que sin lugar a dudas atiende a una necesidad popular que
converge en el financiamiento público de los partidos políticos ha causado
polémica entre legisladores, columnistas y ciudadanos. Ésta se basa en el malestar
social sobre el desempeño de los partidos políticos y los políticos en general.
No
es novedad conocer las diversas campañas que incentivan a anular tu voto en las
urnas con frases como “tache a todos”, sin embargo, el efecto del voto nulo en
cuanto a la necesidad de los políticos a fijarse más en sus acciones era
obsoleto, dado que la legislación de tales efectos era nula, y el argumento de
“si somos más nos harán caso” quedaba fulminado frente a una sociedad que no
sólo no se interesa en participar sino que también no se interesa en castigar, y todo debido a la percepción que se
tiene de las elecciones.
La
carga populista de dicha iniciativa radica en que se deberán restar los votos
blancos de la lista nominal para así afectar el financiamiento público, es
decir, a mayor nulidad menor presupuesto a los partidos, y nuevamente
cuestionamos ¿habrá un mexicano de a pie que esté interesado en que si los
partidos políticos no cumplen con su función de hacer que la sociedad
participe, y a su vez, los representantes políticos son incapaces de ver por
las necesidades reales de la sociedad, tengan el absoluto derecho de recibir
millones de pesos bajo el título de financiamiento público, dinero que sale de
los impuestos que todos los mexicanos pagamos? Claramente el interés popular es
recogido en la iniciativa del diputado con licencia Agustín Basave, no
obstante, el verdadero problema se encontrara en que los propios partidos estén
dispuestos a darse un balazo en el pie a sabiendas de su pésima calificación
frente a la sociedad y ante la posibilidad de disminuir su financiamiento,
corriendo el riesgo de que el porcentaje de votos nulos se incremente de forma
interesante en las próximas elecciones nacionales, que además se trata de
elecciones concurrentes.
Tal
pareciera que en nuestro país no hay reforma político-electoral suficiente, ya
que en cada reforma y con cada elección salen nuevos retos por resolver, y
claro que la ley es perfectible, lo lamentable es que muchas veces se quiere
modificar aquello que parece da la razón a un evento que generó ilegitimidad o
inequidad, por ejemplo, las campañas negras contra AMLO, el cuestionamiento al financiamiento
privado, la sospecha de un nuevo fraude electoral y el uso de tiempo en radio y
televisión. Lo anterior, se argumentó, surtía efectos a la hora de votar, por
lo que en las legislaturas correspondientes se pensaba en cómo ir remediando
los actos que ponían en tela de juicio el proceso electoral, y hoy no son
suficientes las enmiendas a la LGIPE, ahora también en nombre de “la percepción
social”, y aquí radica el verdadero problema que debiera enfatizar el enemigo
público del populismo, se deben hacer modificaciones sin el debido método
comparativo o de estudio de caso para conocer las implicaciones de iniciativas
populistas que buscan la credibilidad de una clase política ante una sociedad
desilusionada de sus políticos.

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